Suspendí el examen de conducir por cuarta vez. Y conduje perfecto.
Por Carla.
El lunes pasado suspendí el examen práctico de conducir. Por cuarta vez.
Y esta es la parte que todavía me cuesta digerir: conduje perfecto. Cero fallos. La hoja del examinador, limpia. Al bajarme del coche me dijo que le había gustado mucho cómo conducía.
¿Qué pasó entonces?
Aparqué en una plaza prohibida y, al hacerlo, pisé un poco la línea amarilla. Ni siquiera entera —había margen de sobra para no pisarla del todo—, pero la pisé.
Eso fue todo. Eso fue lo que me separó de aprobar.
El examinador me dijo, textualmente, que no me machacara, que le gustaba cómo conducía. Y aun así, no fue suficiente.
Lo que de verdad me hizo pensar
De las cuatro veces que me he presentado, dos las podría haber aprobado. Un 50% de posibilidades. Y ninguna me ha bastado.
Hay gente que cada día comete más errores que yo en ese examen y aprueba. Pero sus errores están repartidos, son "menores". Los míos son concluyentes: un solo fallo, en el sitio exacto donde no se puede fallar, y da igual todo lo demás que hayas hecho bien.
No es lo mismo fallar mucho que fallar poco pero en el punto que decide todo. Y durante mucho tiempo he tratado esas dos cosas como si fueran la misma. No lo son.
Las estadísticas que vi justo antes de entrar al examen
Minutos antes de subirme al coche me apareció un post con unas estadísticas que llevo días dándole vueltas:
Frank Sinatra grabó cerca de 1.200 canciones. De ellas, unas 209 se consideran éxitos: un 17%.
Babe Ruth bateó 8.399 veces. Consiguió 714 home runs: un 8,5%.
Pablo Picasso produjo cerca de 150.000 obras. De ellas, unas 1.170 se consideran realmente icónicas: un 0,7%.
Ninguno de los tres es recordado por sus fallos. Se les recuerda por lo que hicieron a pesar del porcentaje.
Buscando algo un poco más cercano, para nosotros, hispanohablantes, pensé en Fernando Alonso. <cite index="28-1,32-1">Ha disputado más de 430 Grandes Premios de Fórmula 1 a lo largo de su carrera, de los que ha ganado 32</cite>. Eso es un 7,5% aproximadamente. Es, además, <cite index="27-1">el piloto con más carreras disputadas en la historia de la F1</cite>. No el que más ha ganado. El que más veces se ha vuelto a subir al coche.
Y ya que estamos en español, me acordé también de un refrán que llevamos usando siglos: "a la tercera va la vencida". Yo iba por la cuarta. Y tampoco.
Lo que me sostiene ahora mismo
Ahora mismo lo que me consuela son frases que probablemente ya conoces, mezcladas —como pienso yo, la verdad, en spanglish—:
"A winner is just a loser who tried one more time". Un ganador es solo un perdedor que lo intentó una vez más.
"People who succeeded have failed more times than people who failed". Los que lo consiguieron fallaron más veces que los que se quedaron en el fallo.
"I've failed more times than you've attempted". He fallado más veces de las que tú lo has intentado siquiera.
"You miss 100% of the shots you don't take" —Wayne Gretzky. Fallas el 100% de los tiros que no lanzas.
Y la que más me ha calado estos días: "If you knew you were 100 failures away from success, how quickly would you want to fail?" Si supieras que estás a 100 fracasos de conseguirlo, ¿con qué ganas querrías fallar?
No es que no sepa conducir
Y aquí está el fondo de todo esto, la razón por la que os lo cuento a vosotros y no solo a mi pareja o mi familia.
No es que no sepa conducir. El examinador me lo dijo con su propia hoja de evaluación en la mano. Es que un examen práctico de conducir no mide "sabes conducir, sí o no". Mide si en 25 minutos concretos, con ese examinador concreto, en ese tráfico concreto, cometes o no cometes un error de los que cuentan como concluyentes. Y eso depende de muchas más cosas de las que caben en un aprobado o un suspenso.
Es exactamente lo mismo que veo cada semana en mis alumnos.
Cuando alguien llega a su primera sesión y me dice "es que no sé inglés", o "las mates no son lo mío", o "la química nunca la he entendido", casi nunca es verdad tal y como lo cuentan. Lo que suele haber detrás son varios exámenes seguidos con un error concluyente en el momento equivocado. Una nota que no reflejaba lo que sabían, sino lo que fallaron ese día concreto, en esa pregunta concreta.
Y esa nota se convirtió en una etiqueta. Igual que mi línea amarilla casi se está convirtiendo en la mía.
La diferencia es que yo, esta semana, he decidido no dejar que lo haga.
Voy a presentarme una quinta vez. Y probablemente no será la última si hace falta. No porque sea una heroicidad, sino porque un 0,7%, un 8,5% o un 50% siguen siendo mejores que un 0% que decides no volver a intentar.
Si tú también llevas un tiempo cargando con una etiqueta que en realidad es una racha de errores concluyentes mal interpretados —en un examen, en un idioma, en cualquier cosa que hayas decidido que "no es para ti"— me encantaría escuchar tu historia.
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